
El reciente decreto-ley aprobado por el gobierno de Giorgia Meloni representa un golpe profundo al principio del ius sanguinis tal como ha sido históricamente entendido en Italia. Lejos de ser una reforma técnica, este cambio normativo implica un giro cultural y jurídico que deja sin efecto el derecho de millones de descendientes de italianos en el extranjero, privándolos de su posibilidad legítima de reconocimiento como ciudadanos italianos.
¿Qué es el ius sanguinis?
Desde un punto de vista jurídico, el ius sanguinis es el principio de atribución de la nacionalidad basado en la filiación biológica o jurídica. Esto quiere decir que una persona adquiere la nacionalidad no por el lugar de nacimiento, sino por el hecho de ser hijo/a, nieto/a o descendiente de un ciudadano del país. Es un mecanismo legítimo de transmisión de la ciudadanía por herencia, reconocido tanto por la doctrina como por el derecho internacional.
Italia ha sido históricamente uno de los países que más ampliamente lo ha aplicado, permitiendo que descendientes de varias generaciones accedan a la ciudadanía si prueban su linaje. Este principio también es aplicado, aunque con matices, por países como Alemania, Irlanda, Polonia y Hungría, todos con importantes diásporas en el mundo y una tradición de reconocimiento a su herencia nacional en el exterior.
Durante más de un siglo, el ius sanguinis italiano funcionó como un puente de reencuentro con su vasta diáspora, extendida por América Latina, Europa y otras regiones. Sin embargo, esta reforma establece que únicamente los descendientes de primera y segunda generación podrán obtener la ciudadanía de forma automática. Esto excluye —sin matices ni matizaciones— a millones de bisnietos y tataranietos de italianos, incluso cuando estos conservan con rigurosidad su documentación familiar y su identidad cultural.
Más preocupante aún es que esta reforma no solo exige un vínculo tangible con Italia (idioma, residencia, etc.), sino que directamente elimina del universo jurídico a quienes antes estaban reconocidos como candidatos legítimos a la ciudadanía. Se suprime así no solo una posibilidad administrativa, sino un derecho consuetudinario respaldado por décadas de aplicación y jurisprudencia.
Este cambio normativo tiene un impacto desproporcionado sobre países como Argentina, Brasil y Venezuela, que acogieron a millones de italianos en momentos de profunda necesidad para Europa. Estas naciones no solo brindaron oportunidades a quienes llegaban con una maleta y un apellido italiano, sino que también conservaron viva la cultura italiana a través de generaciones. Hoy, sus descendientes ven cómo se les cierra la puerta que una vez se abrió para sus abuelos o bisabuelos.
Desde una perspectiva estratégica, la medida es, además, contraproducente. Italia atraviesa una crisis demográfica profunda, con una población envejecida, una tasa de natalidad decreciente y una urgente necesidad de rejuvenecer su fuerza laboral. En un contexto como este, la migración se vuelve una necesidad, y no hay mejores candidatos que aquellos que ya poseen un vínculo histórico y jurídico con la nación.
Reconocer a estos descendientes como ciudadanos no solo honra la memoria histórica, sino que fortalece el tejido social italiano con individuos que se sienten parte del país, que valoran su cultura y que muchas veces dominan el idioma o tienen voluntad de integrarse. Lo contrario —cerrarles las puertas— puede dejar ese espacio vacío para migraciones sin vínculos con la identidad italiana, diluyendo lentamente la esencia de una nación construida sobre la sangre, la tierra y la tradición.
Como ha señalado el abogado Carlos Enrique Gutiérrez Freites, el Poder Judicial italiano tendrá ahora un rol fundamental en la interpretación, control y eventual impugnación de este decreto. “Este nuevo marco jurídico no solo es regresivo, sino que representa una amputación de derechos consolidados. La justicia tendrá que examinar con lupa su constitucionalidad y sus efectos discriminatorios”, afirma.
Este decreto no borra apellidos ni documentos, pero sí niega un vínculo esencial que muchos han conservado con amor, esfuerzo y esperanza durante generaciones. Si Italia desea preservar su identidad, su legado y su continuidad como nación orgullosa de su historia, debería mirar hacia su propia sangre dispersa por el mundo, en lugar de rechazarla.